La casta política

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La casta política

Mensaje  Nonick el Sáb Dic 25, 2010 7:50 pm

Esta desgraciada expresión ha hecho fortuna. Reconozco que durante mucho tiempo me negué a usarla cayendo en el error de no dar existencia a lo que no se nombra. Sin embargo, y para nuestra desgracia, existe.
Que no se me entienda mal: estoy convencido de que en cualquier organización humana no solo es inevitable sino que es bueno que haya políticos. Personas que por las más variadas razones, desde el afán de ayudar al prójimo hasta la vanidad, pasando por la mera afición están interesados en participar en la vida pública, en la gestión de la misma.
No me atrevo a asegurar que esta función sea noble por definición, como se defiende en muchos casos. Efectivamente, los habrá que actúen movidos por los más dignos ideales de beneficio común, o los que estén tan convencidos de la bondad de sus planteamientos que aspiren a convertirlos en norma común. En otros casos serán otras razones menos nobles las que les motiven. Nada que objetar.
Sin embargo, en España hemos criado un rebaño de sanguijuelas que integra la “casta política”. Estoy seguro de que no todos los que ocupan un cargo de relevancia o aspiran a ocuparlo entran en esta categoría. Pero muchos de ellos sí.
El integrante de la casta política es aquel que ocupa (o aspira a ocupar) un cargo en un partido político, en un sindicato, en una organización patronal, en una asociación de vecinos e inmediatamente no se pregunta que puede hacer para mejorar el gobierno de la polis. Su primera inquietud es como asegurarse de que pase lo que pase nada ni nadie pueda quitarle el puesto. A continuación intentará conseguir la mayor remuneración posible, sea como salario de su puesto, sea ocupando otros puestos remunerados.
Le parecerá normal disfrutar de prebendas acordes con su situación: es normal disponer de coche oficial con chofer, es normal cobrar dietas sin necesidad de justificación, es normal tener un equipo de ayudantes, asesores, secretarios ¿acaso no destina parte de esos puestos a enmascarar el salario de los que trabajan para el partido, para el sindicato, para la organización que le aupó al puesto que ocupa? Quid pro quo.
El integrante de la casta política no recordará ni por un momento que lo único que ha hecho en su vida es echar horas en la sede para llegar donde ha llegado, que ha aprendido a apuñalar por la espalda a los demás candidatos mientras salvaba la propia y la de su mentor.
Si por casualidad alguna vez trabajó no recordará el sacrificio y el esfuerzo que le costaba ganar la tercera (o la cuarta, o la quinta, o…) parte de lo que gana ahora por no hacer prácticamente nada. Además, se lo merece. ¿Acaso no ha sido elegido por el pueblo en el ejercicio de la soberanía popular? ¿Acaso no es lógico que un concejal de fiestas de un pueblo de quince o veinte mil habitantes tenga un sueldo doble que un maestro que tan solo se ocupa de educar y enseñar a los niños? ¿No es normal que visite otras ciudades del mundo para aprender a organizar mejor las fiestas de su pueblo? ¿No debe tener a su disposición personal auxiliar que le ayude en tan ingente tarea? ¿Y no es normal que estas personas (puestos de estricta confianza, por supuesto) sean sus familiares, cachorros de integrantes de la casta? Entre bueyes no hay cornadas, y hay que asegurar el futuro.
El integrante de la casta política se gana su título el día que consigue el puesto de “liberado”: cobra y no trabaja. O mejor dicho, cobra de uno y trabaja para otro, pues no deja de ser un trabajo el afilar la navaja y protegerse la espalda. No se plantea que si cobra y no trabaja es porque otros trabajan un poco más de lo que ganan. ¿Acaso no se dedica en cuerpo y alma a defenderlos? ¿Qué pretenden? ¿Que lo haga gratis? ¿Qué dedique a ello su tiempo libre?
La única duda que me queda es si estos individuos son capaces de mirarse al espejo. Si en el fondo de sus almas todavía les queda un resto de dignidad o si llevan tanto tiempo paseando por el lado oscuro que están convencidos de que es normal. Si se dan cuenta de que son unos corruptos aunque no metan la mano en el cajón.
En realidad tengo otra duda. Cuantos de los que nos quejamos de ellos, de los que hacemos circular esos mensajes en los que se denuncian los expolios a los que nos vemos sometidos, de los que nos indignamos al conocer el ultimo abuso, una vez situados en el puesto adecuado intentaríamos desmontar el chiringuito o empezaríamos a pensar “es normal, me lo merezco, he sido elegido por el pueblo en uso de su soberanía”
Lo que si tengo claro es que muchas personas que conozco (y seguro que muchas más que no conozco) no son así. Son los que, a pesar de la casta política, dan una cierta esperanza.
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Nonick

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